QUINTO ACTO
NUNCA CORRAS EN EL PATIO DE LA ESCUELA 
Tomado de: Mario A. Rosen -EL UNDÉCIMO MANDAMIENTO "NO MATARAS TUS SUEÑOS"
 
 ¿Dónde aprendiste a ser quien eres?
En casa y en el patio de la escuela

 

 

"Cada vez que sonaba la campana del colegio anunciando el recreo sentíamos esa exultante y desbordante alegría que sólo se puede experimentar cuando una celda se abre y es uno el que está adentro y puede fugarse, aunque sea por un rato. La relación de odio-amor que me unía a esa campana era similar a la que supongo tendría el pobre infeliz perro de Pavlov con su propia campana". "Nos otorgaban libertad condicional para jugar junto a otros presidiarios que aparecían vociferando y empujándose, escabulléndose de otras celdas.

 

Por un tiempo, que siempre resultaba demasiado corto, nos dedicábamos a las importantes actividades que ocurrían en el patio de la escuela. Todos considerábamos que el estudio era sólo algo fastidioso, un intervalo forzoso, que interrumpía esos excitantes y deliciosos momentos del recreo en el patio de la escuela". "El patio de la escuela era un mundo muy distinto al aula. El aula eran la disciplina, la opresión a nuestras naturales tendencias salvajes, la seriedad académica, el estudio, siendo todas ellas prácticas irremediablemente aburridas. El patio era otra cosa, allí todo era tentador, lujurioso, incitante y arriesgado. ¿Cómo explicárselo?, en contraposición a las preferencias arbitrariamente impuestas en el aula por nuestros guardianes, lo que parecía ocurrir en el patio de la escuela era algo así como la liberación de los más primitivos y bajos instintos.

 

Estas costumbres eran, por razones que nunca comprendí, inexplicablemente fastidiosas para los adultos. Me refiero a deleznables actos tales como correr, trotar, saltar, danzar, piruetear, alborotar, atropellarse, empujarse, jugar con una pelota de papel, rebotar contra la pared, burlarse, divertirse y reír a carcajadas. Pasarla bien, confraternizar, hacer cosas por el sólo hecho que daba placer hacerlas. Era en el patio de la escuela donde realmente se develaban los enigmas de la vida y el delicado arte de las relaciones humanas entre los niños. Había que negociar, regatear, hacer pactos, relacionarse, amigarse, pelearse, Volver a amigarse, concertar o romper alianzas, imponer ideas sobre el modo de jugar, establecer dominios. Todas delicadas actividades que debían desarrollarse en pocos minutos.

 

El patio era la vida real con todo su vibrante palpitar. Para colmo el colegio era mixto. Eramos "Ellas" y "Nosotros'. "Entre otras cosas trascendentes que ocurrían en el patio de la escuela estaban los odios y los amores instantáneos. Romeos y Julietas, Montescos y Capuletos, Otelos y Atilas. La Divina Comedia infantil.

 

Todo tenía sobrada cabida en los pequeños grandes dramas que se interpretaban en el gran escenario del patio de la escuela. Uno de estos dramas me tuvo a mí como protagonista no voluntario y trajo consecuencias a mi vida de relación que fueron duras de reparar. "Yo estaba profunda, irremediable y eternamente enamorado de una de las "ellas", ¡cuyo nombre ya ni recuerdo!. Desde luego que "ella" no lo sabía. No estábamos en la misma aula, así que sólo podía no declararle mi profundo amor en el patio de la escuela. Si, leo bien, no declararle mi amor. ¡Eso no tenía ninguna relevancia! Lo único trascendente era exhibirse, pavonearse, y exponerse, para que ella me viera. Yo no necesitaba su amor, sólo su atención. ¡Y si ella o alguien le revelaba mi pasión irrefrenable o lo sugería siquiera, yo lo negaría enérgicamente!" "Seducir, cortejar y conquistar a una de "ellas" significaba hacer algo imprudente, transgresor y arriesgado frente a los propios ojos de la amada, y fuera de la vista y control de los "guardianes".

 

No suponga mal, ni desprecie el alto riesgo de tal intento. Nunca pisé un escenario tan riguroso y exigente como el patio de la escuela. Era un escenario impiadoso que no tenía entrada ni "mutis por el foro", por lo tanto, no había modo de huir u ocultar errores, traspiés, ni vergüenzas. En el patio de la escuela, al igual que en la vida, no había ensayo. ¿Sabía que la vida no tiene ensayo? Lo aprendí en el patio de la escuela. Todo era público, notorio y sin red. La única salida, ante el papelón, era rogar que la tierra lo tragara. No era una ocupación para cobardes. Mis dramatizaciones fueron practicadas frente al publico más exigente que jamás hubiera enfrentado: mis atentos, vigilantes, implacables y maliciosos compañeros de la escuela". "Yo pretendía que mi amada clandestina me mirara y admirara. Que fuera la espectadora privilegiada de mis habilidades y talentos. Entiéndase bien, lo que quería que viera se limitaba a que yo era capaz de correr, alborotar y ser el líder de las tropelías y desmanes de mis compañeros. Yo tenía que ser ante sus ojos el más fuerte y el mejor. Así es que, con la complicidad de mis compañeros, que conocían mi presumida pretensión de conquista, me lancé a tan relevante menester desarrollando temerariamente mi ostentosa danza guerrera de seducción, siempre cerca de "Ella", pero sin mirarla, desde luego. Sin embargo "sabía", no me pregunte como lo "sabía", pero "sabía" que me estaba mirando y redoblé osadamente la apuesta.

 

Es así como corrí como el rayo, salté como una gacela y alboroté como mil monos incentivando y capitaneando a mis compinches. Desdichadamente la fatalidad, ¡Ah, los niños también tienen destinos fatales que afrontar!, me jugó una terrible mala pasada. Habían lavado el patio con aserrín y kerosene, y yo, que estaba corriendo como un galgo, esquivando a mis compañeros como una anguila, y saltando como una liebre, resbalé, volé por el aire, y caí al piso pesadamente.

 

El golpe fue tan espectacular como mi dolor y mi vergüenza. Todos los "Ellos" y todas las "Ellas" rieron a carcajadas. Se rieron de mí... ¡Ella se rió de mí! Yo también intente reír, tratando de disimular estoicamente mi humillación, pero mi risa se transformó lentamente en un rictus de dolor y sin poder evitarlo hice algo que me marcó para el resto de mi vida: ¡lloré! ¡Expresé mi dolor físico, mi sensibilidad y mi vergüenza, y lloré!... y todos rieron aun más". "¿Imagina otra situación más trágica que hacer el ridículo frente a su amada y perder la dignidad frente a su tribu? ¡Trágame tierra, trágame, por favor, trágame rápido y silenciosamente! En una situación así un niño se hace una pregunta desesperada: ¿Qué hacer? Porque ni una vez más podría tolerar semejante escarnio y vergüenza. ¿Qué hacer?;. ¡Ya sé!, se dice uno, ¡Tengo que aprender a ser fuerte y, pase lo que pase no llorar nunca más, no importa cuánto duela! ¡Tampoco debo hacer nada si primero no estoy seguro de hacerlo perfectamente bien, pero perfectísimamente bien! Si, la solución era mostrarse Fuerte y Ser Perfecto.

 

"Y así tomé decisiones que jamás imaginé que se agazaparían en lo más profundo de mi ser por el resto de mi vida, exigiéndome transformarme en una deformada versión de un superhumano. Detrás de esa pretensión casi sobrehumana, ser fuerte y ser perfecto, me refugié para encubrir mi incipiente sensación de inferioridad, el temor al ridículo, y el temor a equivocarme. ¡No te expongas, no te arriesgues, no hagas el ridículo!" "Si no haces el ridículo, si temes equivocarte, adiós aprendizaje, adiós crecer. Si no te expones y expresas tus sentimientos, adiós relaciones, adiós intimidad, adiós amada mía. Ese día, es muy probable que ese día, dejé de mostrar mi sensibilidad y no me arriesgué más. No corrí más por el patio de la escuela. Fui por la vida en puntas de pie, cuidando de no volver a resbalarme y que se rieran de mí. Es así como comencé a desconfiar de mis propios pies".

 

 
SEXTO ACTO
LA CAJA DE LÁPICES DE COLORES  
 

En mi infancia había dos cosas que quería tener: una bicicleta y, por sobre todas las cosas, una caja con lápices de colores. ¿Recuerda  lo que era una de esas cajas? ¿Habrá deseado usted tan fervientemente como yo tener una? ¿Habrá sentido lo mismo que sentí yo la primera vez que vi ese mágico despliegue de agudas puntas de colores imitando un perfecto arco iris, asomando de una celosa caja de hojalata o a través de una veleidosa ventanita en la caja de cartón?. Si alguna vez tuvo una de esas cajas de lápices de colores, ¿Recuerda la sensación de sacar uno de esos lápices? ¿No lo hacía con reverencia, solemnidad y respeto? Cada lápiz era como una varita mágica. ¡Eso es! Una caja de lápices de colores era como una caja de varitas mágicas. No hubo algo que me haya cortado la respiración y quitado el sueño más que cuando mi compañero de banco sacó de su portafolio una increíble y mágica caja de lápices de colores. No sabía que podía haber tantos colores. Me fascinaba la misteriosa secuencia de esos colores, desplegándose armoniosamente ante mis ojos codiciosos y anhelantes.

 

 

Aprendí unas cuantas cosas sobre la vida y la condición humana a partir de esa caja de lápices de colores. Tuve las primeras experiencias internas sobre intensos sentimientos desconocidos para mí hasta entonces. Supe de la envidia, la diferencia de clases, la codicia, la humillación y la avaricia. Con desolación aprendí a reconocer y a ocultar esos tormentosos sentimientos detrás de una sonrisa o la mentirosa indiferencia. Dolorosamente aprendí sobre desear lo que otro posee y mirarlo ávidamente de reojo. ¿Puede ser que usted también haya sentido el sufrimiento de desear algo y saber que pedirlo era la confirmación de una dependencia que nuestro pequeño orgullo se rebelaba a tolerar?

 

 Aprendí que podía pedir prestada ciertas cosas, pero jamás mi compañero de banco me prestaría ni un solo lápiz de esa caja de lápices de colores, o lo haría de un modo tan condicionado y mezquino que mi dignidad se vería profundamente abollada. ¿Cuáles podrían ser las nefastas consecuencias de prestarme algunos lápices de colores? Realmente no lograba entenderlo, pero más tarde lo supe. Finalmente, y luego de mucho desear y, por recomendación de mi madre, le escribí una desconsolada carta a los Tres Reyes Magos con lo que pude ser el dueño y señor de una modesta caja de lápices de colores. ¡Qué maravilla!, abrir esa caja y volcar esos lápices sobre la mesa fue como abrir las puertas de un mundo mágico. No quiera saber como mi autoestima se elevó hasta el infinito.

 

¡Ahora era libre, era rico, era independiente de mis compañeros! Había superado las diferencias de clases, ahora tenía el mismo poder. Descubrí la miserable condición de ser alguien si tenés cosas.

 

Ya dueño de los lápices descubrí dos caras ocultas de mí mismo. Al bueno y al malo, al héroe y al villano, a la bella y la bestia. Por un lado hice algo que me había prometido que "jamás" haría: caí en la trampa de la codicia, la envidia y la avaricia (porque yo tampoco prestaba mis lápices de colores). Por otro lado aprendí a soñar despierto. Mi entusiasmo, pasión y creatividad volaron hasta las nubes. Imaginaba, soñaba y dibujaba, y volvía a soñar y a dibujar. A veces soñaba pintando. Otras veces pintaba soñando. Mi imaginación era inagotable. Todo marchó bien por un tiempo hasta que algo horrible empezó a suceder. Algo que fue ocurriendo lentamente y me hizo entender algunas otras cosas de la vida. No hay impunidad, todo se paga en la vida, hasta en la vida de los niños.

 

A medida que usaba mis preciosos lápices tenía que sacarle punta y es así que frente a mis ojos, y mi silenciosa desesperación, se fueron gastando y me fui quedando cada vez con lápices más pequeños. Para compensar esta irremediable condición comencé a hacer mis dibujos cada vez más pequeños, y por ende mis sueños, hasta que  inexorablemente sólo quedaron unos pequeños y casi inútiles muñones de colores a los cuales ya no se le podía sacar más punta. Nada es permanente, nada sigue igual. El tiempo pasa, las cosas cambian. Sin mis queridos lápices de colores sólo pude seguir soñando, y con el tiempo me fui olvidando de las formas, los contornos y los colores. Cuando solamente soñamos los sueños y no los dibujamos, o no los hacemos realidad, se van poniendo cada vez más pálidos. No pasó mucho tiempo en que olvidé de imaginar. Olvidé de soñar. No pinté más a la vida.

 

Hoy podría comprarme la mejor caja de lápices que pudieran ofrecerme. Hoy hay cajas aun más vistosas y variadas. Pero me acabo de dar cuenta de algo que me entristece. Hoy puedo comprarme esa caja de lápices pero me cuesta encontrar sueños para pintar. Me pregunto dónde quedaron los colores de mi imaginación, dónde están mis sueños para pintar. Peor aún, hoy hablo con mucha gente y compruebo que muchos tienen a sus sueños tirados en cualquier rincón, descoloridos y pálidos por falta de sol. Otros ya han perdido los sueños y no saben dónde los dejaron, y ya ni siquiera les importa, otros ya no los recuerdan, y algunos ya ni saben lo que es un sueño. Hoy nuestro mundo es de colores pálidos o lleno de grises y negros.

 

Hoy quisiera que cada uno de nosotros comprara una caja de lápices de colores y aprendiera a soñar otra vez. Me doy cuenta que cuando nos vamos haciendo viejos vamos achicando nuestros sueños, como si le estuviéramos sacando punta a la imaginación y se hubiera gastado, del mismo modo como se gastaron mis lápices de colores. Pero no se confunda, los sueños nunca se gastan, sólo van perdiendo el brillo y el color si no nos preocupamos de tener siempre una linda caja de lápices de colores, con sus puntas bien afiladas, y todos los días nos entretenemos, aunque sea un rato, pintándolos.

 

 
SÉPTIMO ACTO
EL AGUATERO  

 

Un cargador de agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie, desde el arroyo hasta la casa de su patrón, pero cuando llegaba, la vasija rota solo tenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. Desde luego la vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque solo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación.

 

Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguatero diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir". El aguatero apesadumbrado, le dijo compasivamente: "Cuando regresemos a la casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino".

 

Así lo hizo la tinaja. Y en efecto vio muchísimas flores hermosas a lo largo, pero de todos modos se sintió apenada porque al final, solo quedaba dentro de sí la mitad del agua que debía llevar. El aguatero le dijo entonces "¿Te diste cuenta que las flores solo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas y quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino por donde vas y todos los días las has regado y por dos años yo he podido cosechar estas flores para decorar el altar de mi Maestro. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza".

 

Aceptarnos tal como somos, con nuestras virtudes y defectos, y aceptar a los demás tal como ellos son (y no como quisiéramos que fueran), es el paso fundamental para aprender a amarnos y amar a los otros. Todos tenemos grietas, pero igual podemos dejar nuestro regalo de amor. Amén.