DE LAS CREENCIAS, DECISIONES, ACUERDOS Y OTROS DEMONIOS
PRIMER ACTO EL REGALO DE CUMPLEAÑOS

 

Tomado de: Mario A. Rosen -EL UNDÉCIMO MANDAMIENTO "NO MATARAS TUS SUEÑOS"
¿Dónde aprendemos a ser quienes somos?
En casa y en la escuela

 

Recuerdo que tenía unos seis años. Vivíamos en un barrio del suburbano bonaerense. Han pasado ya más de 50 años. En aquella época era una zona que apenas comenzaba a urbanizarse. Las calles eran de tierra y las veredas, donde las había, eran de ladrillos puestos tipo rompecabezas. Aún tengo muy claro este recuerdo que le voy a contar y que me marcó por el resto de mi vida".

 

"Yo concurría a una escuela del estado. Recuerdo ese día, recuerdo muy bien ese día por dos hechos aparentemente desconectados entre sí pero, como ya verá, la vida los conectó misteriosamente: Primer hecho, llovía torrencialmente, y segundo hecho, era el Cumpleaños de mi papá. ¡Léase bien, el cumpleaños de mi papá! La persona más importante en mi vida. Le pedí a la maestra que me ayudara a confeccionar un regalo para él porque no tenía dinero para comprarle nada, pero yo quería regalarle algo. Me comprendió y me dio una hoja de cartulina, polvo brillante plateado y engrudo, lápices de colores y algunas figuritas que encontró en un cajón. Puse en marcha mi creatividad y diseñé el más grandioso y expresivo enchastre, con ínfulas de collage, que un niño que ama a su padre podría hacer para expresar sus sentimientos".

 

"Una vez terminado, mi impaciencia era tal, que la maestra me dejó salir antes de hora. Me ayudó a poner mi obra de arte en mi valijita de cuero y me despachó. Corrí por esas veredas de ladrillos llenas de charcos, pasto crecido y barro, rogando que mi padre estuviera en casa. En aquella época él trabajaba escribiendo a máquina extraños y larguísimos documentos (creo que contratos o escrituras). Cuando hacía eso se encerraba en un pequeño desván transformado en oficina, al final de una empinada escalera, y se la pasaba días dale que te dale, con su vieja máquina de escribir Remington. Desde luego, me tenía prohibido entrar porque había papeles diseminados en las sillas, en el piso, por todos lados. Cuando llegué a casa mi corazón latía vertiginosamente por la carrera y la ansiedad. Cuando escuché el tabletear de su ruidosa máquina de escribir mi alegría era desbordante. ¡Papá está en casa! Saqué mi pequeña obra de amor de la cartera, subí las escaleras como una tromba, abrí la puerta del desván venido a oficina y sosteniendo mi regalo entré gritando:

 

"¡Feliz cumpleaños, Papá! Mi padre dio vuelta su cabeza sonriendo, pero inmediatamente su cara se transformó con un rictus de disgusto y desaprobación, se levantó violentamente de su silla, se acercó a mí y, sin decir palabra, me dio el cachetazo más grande que haya recibido en mi vida. Yo no entendía nada hasta que seguí su mirada con la mía y supe lo que había pasado, Vi mis pequeñas zapatillas azules y blancas embarradas y mojadas pisando varios de sus papeles escritos a máquina". "Y allí estaba yo, aterrorizado y confundido, desesperado y humillado, con mi maldito regalo aún aferrado en mis manos, sin saber qué hacer.

 

En ese momento tome una decisión que me acompañaría durante muchos años de mi vida; una decisión que tomé en ese momento, en un instante y para siempre. Decidí que nunca más, pero nunca más, les expresaría mi amor a las personas que más quería porque ¡Uy, como duele! Luego, con el tiempo, me olvidé que la había tomado, y luego me olvidé que lo había olvidado.

 

Cuando uno se olvida que se olvidó no hay modo de recordar lo que uno decidió alguna vez y entonces se sigue haciendo a sí mismo cosas que no sabe que se las está haciendo: "A partir de ese día caminé siempre con mis manos en el bolsillo, silbando bajito, y a una distancia prudencial de la gente para poder esquivar un posible cachetazo. Nunca más me atreví a mostrarle mi desbordante amor a nadie que fuera importante para mí, porque, ¡Uy, como duele! Me mostraba displicente, distante, frío por fuera, mientras era un volcán melancólico por dentro".

 

"¿Sabe cuántas cosas tenía que hacer una persona para que yo me acercara a ella y confiara? ¿Sabe cuántas cosas tenía que hacer una persona para que yo creyera que me quería y me abriera al amor? Mire, probablemente 140 cosas. ¿Sabe cuántas cosas tenía que hacer esa misma persona para que yo inmediatamente me alejara de ella? Si, lo supone bien, una sola. Es muy difícil comprometerse con el amor y demostrarlo cuando ¡Uy, como duele!"

 

"Creo que así es como aprendí a creer que yo no era merecedor del amor. Soñé durante mucho tiempo con el amor, pero no lo practiqué más. Y el amor es igual que aprender a cantar, a pintar, o tocar un instrumento, si no practica todos los días, siempre será un improvisado. Mucha gente cree que no la quiero, pero no sabe que yo no podría vivir sin ellos. Uno de estos días voy a conseguirme una cartulina, brillantina plateada, engrudo y unas figuritas y voy a hacer un gran collage que diga "TE QUIERO MUCHO", y lo voy a colgar en el balcón de mi casa. Creo que hoy me duele más no demostrarlo".

 
 
SEGUNDO ACTO
 

"El gato se sentó en una hornalla caliente y se quemó. Desde entonces nunca más se sentó en una hornalla caliente, ni en ninguna hornalla fría".

Mark Twain

 

Si pudiera seguir la vida de este pobre infeliz gato, probablemente comprobaría sorprendido que el gato nunca más se sentó, vivió parado. ¿Qué pasó? El gato trasformó rápidamente la sensación de dolor en una emoción de miedo.

 

El miedo aprende a protegerse a sí mismo y genera una nueva creencia y un nuevo hábito para protegerse: En este caso, no sentarse nunca más. Si te sientas, te quemas. El error de la creencia fue que generalizó y eliminó datos al mismo tiempo. Le hizo creer al gato que no debía sentarse en ningún lugar, nunca más, y le impidió ver que había muchos otros lugares donde podría haberse sentado sin peligro.

 

Durante esos 22.265 días yo he sido mi propio entrenador. Y es muy lógico, cuando uno se hace grandecito pretende aprender sólo, ya que nadie sabe mejor que uno. ¿Sabe de qué me estoy dando cuenta ahora? ¡Que es muy posible que, gracias a este prolongado auto-entrenamiento, en el que yo he sido mi propio entrenador, probablemente haya adquirido hábitos malsanos, como los del gato, y me esté haciendo a mí mismo una cantidad de cosas que ni sé que me las estoy haciendo! ¡Esto es muy grave, si uno no sabe que se las está haciendo, no hay ninguna posibilidad que deje de hacerlas!

 

¡Esto significa, a su vez, que es muy probable que yo sólo me entere que me las estoy haciendo cuando, detrás del horizonte, me estén esperando las consecuencias de mis incompetencias y me dé narices contra ellas! ¡Y es seguro que me voy a indignar muchísimo cuando ocurran esas cosas que diré, no me cabe la menor duda; "yo no sé cómo me pasan!" ¡Y para explicar tal misterio deberé encontrar culpables! ¡Aleluya, el mundo está lleno de gente a la que se puede culpar! ¡Benditos sean los culpables que nos liberan de la culpa! Sin embargo, debo reconocer que en ese duro aprendizaje estuve aprendiendo.

 

TERCER ACTO 
¿ESTÁS AVIVADA, NENA, ESTÁS AVIVADA?

 

 

Cuando era una niña, tenía siete años, mis padres me enviaron a una escuela de mi colectividad en la cual había sólo dos maestros disponibles. Uno para los más pequeños y otro para el resto de los alumnos. Un total de treinta chicos y chicas. En mi aula había chicos desde los siete a los doce años. Diferencias abismales para criaturas que crecen a la velocidad del relámpago. Yo me tenía que sentar en la primera fila ya que era de las más pequeñas. En el aula todo era ameno y entretenido, aliviado y gentil. Realmente admiraba a ese maestro por su dominio para entretener y enseñar a especímenes tan inquietos y con intereses tan diferentes como éramos todos nosotros.

 

Los recreos tenían otras características. Por una parte eran momentos espléndidos y vertiginosos, ya que agotábamos toda esa energía contenida en el aula jugando a juegos dignos de atletas. La rayuela, la palmadita, la mancha venenosa, las estatuas. Por otra parte, podían ser el escenario de pequeños dramas infantiles. Algo comenzó a llamarme la atención en los recreos. Con el tiempo me di cuenta que esos juegos sólo los practicábamos los más pequeños, ya que los "muchachos y muchachas" de diez, once y doce años, se paraban en ronda y charlaban o murmuraban en círculos más íntimos.

 

A pesar de mi corta edad, la naturaleza me había dotado de una altura respetable, compensada con una abundante cuota de inseguridad y subestimación. Cada vez que me acercaba para tratar de escuchar o participar de las misteriosas conversaciones de "los más grandes" me daban la espalda o me decían despectivamente, "andá nena, andá a jugar con tus amiguitos". Para luego seguir murmurando cosas misteriosas. Esa "nena" me atravesaba como una puñalada cargada de desprecio, altanería y marginación.

 

En una oportunidad me atreví a preguntar cuál era la causa por la que no podía estar con ellos, y la respuesta voló por el aire hasta estrellarse estrepitosamente en mi cabeza: "¿Estás avivada, nena, estás avivada?". ¿¿Estás avivada?? ¿Qué significaba estar avivada? ¿Qué condición tan extraña era esa para poder entrar y pertenecer a ese club tan exclusivo y privado? ¿Cuál era la respuesta correcta? Sentí que mi cara se ponía más roja que un tomate, que mis mejillas ardían, y que mis pies se quedaron fijos al piso al igual que mi mirada, mientras todos se reían y se burlaban de mí.

 

Sentí vergüenza y humillación. ¿Qué era lo que tenía que saber? ¿Quién me lo tendría que haber dicho? ¿Qué es lo que ellos sabían que yo no sabía? ¿Cuál era el santo y seña para que se abrieran las puertas del cielo? ¿Cómo es que ellos lo sabían? ¿Por Dios, qué era eso de estar "avivada?". ¿Un acertijo, un enigma, un jeroglífico, un secreto, una clave? Una cosa era sentirse apartada por ser una "nena", y otra era sentirse rechazada por ignorar algo que "ellos ahora sabían que yo no sabía".

 

En situaciones así uno busca descifrar el misterio y que la acepten a cualquier costo. ¿Gusta usted de mí? ¿Gusta usted de mí? Es muy difícil ir por el mundo preguntando con la mirada: ¿Gusta usted de mí? Tenía que hacer algo para demostrarles que yo estaba "avivada" y superar ese ostracismo por no saber qué era lo que no sabía. Me odiaba a mí misma por no saber. Pero, ¿Qué es estar avivada? ¿Cómo se demuestra que una está avivada? Supuse que debía tratarse de algo que te enaltece, que marca tu excelencia: debería ser la más estudiosa, la mejor, la más prolija, la más atenta, la más puntual, la más servicial. Y así lo hice. Debía ser un precio que había que pagar hasta que el salvoconducto me sea entregado.

 

Algo había en mí que no era satisfactorio, algo que me hizo sentir inferior a los demás, yo no era aceptable. La clave era estar avivada... pero ¿qué era estar avivada? ¿Alguna vez sintió como que nada es suficiente para que la quieran y la acepten, que no importa lo que haga, usted nunca acierta, nunca está en lo correcto? Pasaron casi cincuenta años de este episodio de mi vida. Hoy la mayoría de esos "muchachos y muchachas" son mis mejores amigos. Tuve que recorrer un largo camino acarreando un injusto y arbitrario sentimiento de inferioridad para finalmente aprender que la auto-valoración está dentro de uno y no en la mirada y los pensamientos de los demás. Los demás nos ven de acuerdo a como nos mostrarnos. Ahora ya estoy avivada. Hoy estoy casada, tengo hijos. Como verá, algo aprendí. ¿Quiere saber qué es estar avivada? : Muchas cosas, no se crea. Una de ellas es cuando uno se dice "Me gusto a mí mismo". Y realmente se lo cree. Y no espera para quererse, que los demás le den permiso o lo aprueben.

¿Usted, mi querido lector, está avivado?

Elsa

 

CUARTO ACTO 
¿DÓNDE ESTÁ MI SILLITA?

 

 

Ella se sentó frente a mí y, con voz apagada y contenida, comenzó a relatarme: "Al escucharlo hablar a usted, recordé algo de mi infancia. Hasta hoy lo tenía olvidado. Me sorprendió la intensidad de los sentimientos que estallaron en mi cuerpo a medida que estas imágenes tan lejanas se hicieron más y más claras en mi mente". "Ahora estoy realmente asustada y conmocionada. Hoy yo soy madre y temo por el dolor que pude haber provocado en mis hijos sin nisiquiera darme cuenta. Hoy reconozco el tremendo impacto que puede causar en un niño una experiencia que puede ser apenas molesta para un adulto pero de consecuencias devastadoras para la exquisita sensibilidad de un niño".

 

"Recuerdo que estaba sentada en un tren, y frente a mí estaba mi madre. Mis tres hermanos se habían quedado en casa. El trayecto, hasta lo que ahora sé que era la estación Constitución, fue en silencio. Un opresivo, desacostumbrado y pesado silencio. Ya antes me habían explicado lo que iba a pasar y yo lo acepté, pero ahora que realmente estaba sucediendo, me daba cuenta que era mucho más doloroso y desgarrador que lo que imaginé cuando me lo contaron. Estaba comprendiendo que uno no es tan fuerte como pretende serlo. El de mi madre era un ominoso y funesto silencio que mantenía, como avergonzada y culpable. Yo trataba de romperlo buscando su mirada, pero sus ojos me esquivaban permanentemente huyendo hacia la ventanilla, sin encontrarse nunca con los míos. El bolso que ella llevaba agarrado fuertemente a su lado, y contenía casi todas mis pertenencias, era la materialización de algo terrible que pensaba que nunca pasaría. Pero allí estaba ese bolso, un objeto inerte que más se parecía a un pequeño ataúd que transportaba todos mis sueños de niña.

 

"Mis padres estaban pasando un muy mal momento económico y ya no podían pagar el alquiler de la pequeña casa. La solución, según me dijeron, era repartirnos con parientes hasta conseguir otra casa. A mí me tocaba, por ser la mayor de cuatro hermanos, y la única mujer, ir a vivir por un tiempo a la casa de un familiar casi desconocido para mí".

 

 "Estoy parada frente a una señora que sonríe nerviosamente y me mira con la misma intriga con que yo la miro. La había visto algunas veces en casa. Mi madre me la presentó, 'Esta es tu tía Lidia, la hermana del tío José. Vas a tener que quedarte un tiempo con ellos. Papá y yo te vendremos a visitar". Yo escuchaba todo eso y asentía mansamente con la cabeza mientras con mis ojos le rogaba a mamá que ya era demasiado para mi pequeño corazón, que me llevara de regreso con ella.

 

 "Mi tía estaba contenta y trataba de animarme con su inexperiencia y su mejor voluntad, pero cuando mi mamá se fue me aterroricé. Un terrible sentimiento de abandono y desamparo me invadió. Sin embargo, contuve mi llanto. Qué extraño, ahora reparo en el hecho que ya desde niña aprendí a contener el llanto, a contener mis sentimientos. Con mis apenas seis años ya sabía hacerlo". "¿Qué iba a ser de mi vida? ¿Qué iba a pasar conmigo? ¿Tenía que olvidar a mis hermanos y a mis padres? ¿No los vería nunca más?

 

Esa noche, acostada en una camita provisoria que me hicieron en el inmenso comedor lloré silenciosamente hasta que el sueño me venció. Al día siguiente, al despertarme, no fue fácil para mí encontrarme nuevamente con esa realidad. Me faltaba todo, mis hermanos, mamá, papá, los juegos, las tareas con las que ayudaba a mamá". "No sé cuantos días pasaron hasta que terminé por aceptar y comprender que tenía que aprender a sobrevivir lo mejor posible. Es así que a mis seis años comencé a construir otro mundo nuevo en ese universo tan extraño para mí. Eran otras personas, un mundo de personas grandes y también extrañas. Con el tiempo todos nos encariñamos mucho. El que más me demostraba su cariño era el tío Jorge, el marido de tía Lidia. En una oportunidad me confesó que tenía hijitas de un matrimonio anterior a las que no veía porque la madre de ellas no se lo permitía. Lo pude comprender, él también era un abandonado.

 

A mis seis años ya era capaz de entender el sufrimiento de los adultos". "Su aflicción me conmovió y me apenó mucho porque él era bueno y cariñoso, siempre me escuchaba con atención y jugaba conmigo. Muchas veces me defendía cuando mi tía me ponía en penitencia; ella era un poco autoritaria pero también era una buena mujer y me llevaba a todos lados. Me contaba muchas cosas y muchas veces me hablaba como sí yo fuera una niña mucho más grande. Con el tiempo descubrí que mis tíos no se llevaban bien y algo tenía que ver la amargura de mi tía que no podía tener hijos. Mi tía había convencido a mis padres, acuciados por la necesidad de encontrar un nuevo lugar para vivir, que me dejaran viviendo con ellos en calidad de "préstamo" como un intento de salvar a la pareja y consolar a la tía en su fallida maternidad.

 

Pasó mucho tiempo, no sé cuánto, para mí fue una eternidad. Algunas veces mi papá o mi mamá me venían a ver. Yo los esperaba con impaciencia, con ganas de abrazarlos y no soltarme para que me llevaran con ellos. Hay algo que yo hacía y que hoy me conmueve profundamente cuando rememoro la imagen. Cada vez que venía mi papá yo le sacaba los zapatos y se los lustraba. No sé porque hacía una cosa así, pero creo que una de mis tareas era lustrar los zapatitos de mis hermanos menores. ¡Hubiera hecho cualquier cosa con tal que él me llevara nuevamente a casa! Cuando se despedía, y veía como esos pies con esos zapatos lustrados se iban sin mí, la fantasía del regreso se hacía añicos y mi congoja era tan profunda como profunda puede ser el alma de una criatura". Tuve que imaginar que este era mi nuevo hogar. Los niños aprendemos rápido a jugar juegos nuevos.

 

Entonces aprendí a quererlos, me apegué a ellos, conocí gente y lugares diferentes. Aprendí a vivir en la abundancia ya que había muchas más posibilidades económicas que en mi vida anterior. Muchas menos privaciones. Me llenaron de ropa y juguetes. Yo era el consuelo y el sosiego de esta tan triste pareja. Yo, una niña desconsolada, era el hálito de vida para personas que tenían muchas veces mi edad.

 

Un día, inesperadamente, no sé cuánto tiempo había pasado ya, llegó la noticia de que era el momento de regresar a mi casa. Recuerdo que era un mes de enero. Una mezcla de alegría, rabia y miedo me invadieron. Yo no quería perder más cosas, ya me había arraigado a ese lugar, había cicatrizado sentimientos destrozados, y aprendido a querer a personas que me querían bien. Por otra parte me sentía profundamente enojada porque me arrancaban otra vez de un lugar. Mi tía había guardado todo lo que me había comprado, mientras disimulaba su llanto y trataba de ocultar su tristeza. Me recomendó, casi en secreto, que defendiera esas cosas porque eran mías, que las cuidara de mis hermanos, que defendiera lo mío. El camino de regreso fue duro. No quería llegar nunca. Ya extrañaba lo que había dejado. Mi corazón se había quedado en ese lugar. Pero ya había aprendido a no compartir mis sentimientos.

 

Cuando me reencontré con mis hermanos nos quedamos por un instante mirándonos, casi sin reconocemos. Los niños crecemos rápido. Al principio nos sentimos como extraños. Me di cuenta que todo empezaba otra vez. Pero ya, a mis seis o siete años, no recuerdo bien, era una niña madura y experimentada en esto de olvidar y rearmar mundos perdidos. Comencé a sacar las cosas que había traído mientras ellos me hacían preguntas. En pocos momentos mis hermanos se habían apoderado de todo. Yo tímidamente balbuceaba que se los prestaba pero que era mío. Mi padre intervino hoscamente criticándome por mi egoísmo y comentando que mis tíos me habían consentido demasiado. Pero los niños liman rápidamente sus asperezas y el hielo se fue derritiendo. Los niños son así. Guerras cortas y juegos largos. Nos fuimos al patio que tenía la nueva casa alquilada. Según mis hermanitos los Reyes Magos habían pasado a dejar sus regalos y en medio del patio había un típico juego de jardín para niños consistente en una mesita con tres sillitas. Mis hermanos se sentaron bulliciosamente, cada uno en su sillita, y yo, deseosa y excitada por reunirme con mis hermanitos recién recuperados, quise hacer lo mismo. Mirando a mi alrededor, inocentemente pregunté, "¿Y dónde está mi sillita?". Mis hermanos se callaron sorprendidos y me miraron sin saber qué decir. "¿Dónde está mi sillita?" repetí, y sentí que una terrible angustia inundaba todo mi ser. ¿¡Dónde está mi sillita!?, grité una y otra vez, mientras caminaba de un lado a otro buscando, hasta que estallé en un llanto desconsolado y doliente. Mis padres salieron corriendo de la cocina, se acercaron a mí, y yo los miré lanzando pequeñas llamas de indignación. Los ojos de una niña no pueden hacer mucho más que lanzar pequeñas llamas cuando tiene que mirar hacia arriba. Esas pequeñas llamas de niña se extinguían demasiado rápido por el torrente de lágrimas.

  

Mis padres escucharon mi reclamo y trataron de calmarme. Yo no podía comprender cómo es que los "Reyes Magos" no me habían tenido en cuenta. Mis padres me decían tontamente... “como no estabas". "Me quedé tiesa como una estatua, hubiera querido huir pero mis piernas pesaban toneladas. Miraba a mis hermanos y a mis padres buscando una respuesta, una ayuda que aliviara tanto dolor.

 

En un cuerpo pequeño no caben dolores tan grandes. ¿Será por eso que crecemos, para poder contener dolores tan grandes? Todo se desmoronaba a mi alrededor. Parecia que me estuvieran castigando por amarlos. Decidí ponerle rejas a mi corazón. Primero me habían depositado como un paquete en un lugar extraño y yo había logrado sobrevivir. Había aprendido a adaptarme. Luego me volvieron a arrancar de ese lugar, y ahora volvía a sentir que no había un lugar acogedor para mí. Nunca lograba tener raíces. ¿Cómo se puede crecer sin raíces? Mi padre me prometió que él me compraría una sillita. ¿Sería posible una cosa así? ¿Es que finalmente mi padre sería mi salvador, mi héroe?

 

Durante un tiempo estuve esperando ilusionada que mi padre apareciera con la tan ansiada sillita, pero nunca ocurrió. Por lo visto tenía que acostumbrarme a vivir esperando. Ningún lugar era el definitivo para mí. No tenía mi lugar para sentarme. Ya no reclamé más. Creo que aun hoy sigo esperando. Muchos de los sentimientos que nacieron ese día quedaron arraigados en lo más profundo de mi corazón de niña. Hoy comienzo a entender por qué, a pesar de vivir rodeada de amor y prosperidad, tengo tanto miedo a perder las cosas y me siento tan fácilmente desamparada. Espero poder sacarle las rejas a mi corazón, encontrar finalmente mi lugar. Por lo pronto decidí que no voy a esperar más: Hoy mismo me voy a comprar una sillita para mí sola. He decidido convertirme en mi propio Rey Mago".